Godsmack – Sala Razzmatazz, Barcelona – 11 de agosto de 2026
Había expectación, curiosidad y también una buena dosis de impaciencia. La visita de Godsmack a Barcelona no era una fecha cualquiera: la banda estadounidense aterrizaba el 11 de agosto en Razzmatazz 1 dentro de su gira mundial de 2026, en una cita muy esperada por los seguidores españoles.
Y una vez empiezan a sonar los primeros acordes queda claro que aquello no va a ser simplemente otro concierto de rock.
Godsmack salen a destruir.
El comienzo es absolutamente devastador. No hay calentamiento, no hay adaptación progresiva ni demasiados rodeos: desde los primeros minutos la banda despliega una muralla de guitarras, batería y bajo que golpea directamente al público. El sonido tiene cuerpo, peso y una pegada física que en una sala como Razzmatazz funciona especialmente bien.
Y precisamente ahí está una de las grandes virtudes de la noche. Godsmack son una banda diseñada para este tipo de espacios. Sin la distancia de un gran festival o de un recinto gigantesco, sus canciones parecen todavía más pesadas y agresivas. El público queda atrapado inmediatamente por esa descarga inicial y el concierto adquiere muy pronto una intensidad difícil de perder.
Sully Erna manda
En el centro de todo está Sully Erna.
Su presencia escénica sigue siendo uno de los grandes activos de Godsmack. No necesita correr constantemente por el escenario para dominarlo. Voz, actitud, gestos y una comunicación directa con el público bastan para sostener buena parte del espectáculo.
La banda funciona además como una máquina perfectamente engrasada. Los riffs tienen ese sonido grueso y reconocible que mezcla hard rock, metal alternativo y la herencia más oscura del post-grunge estadounidense. Durante los momentos más intensos, Razzmatazz parece demasiado pequeña para contenerlos.
Canciones asociadas inevitablemente a la historia del grupo como “Awake”, “Whatever”, “Voodoo” o “I Stand Alone” recuerdan también la cantidad de material que Godsmack ha acumulado durante una carrera que ya supera ampliamente los veinticinco años.
Pero el concierto tiene un pequeño punto débil.
Cuando Erna deja de reforzar determinadas partes con la segunda guitarra, la diferencia se percibe. No significa que el grupo pierda solidez, pero sí parte de aquella pared de sonido gigantesca que convierte los primeros compases del espectáculo en algo casi aplastante. En esos momentos la guitarra queda algo más expuesta y la sensación general de potencia disminuye ligeramente.
No es un problema grave, pero resulta especialmente perceptible precisamente porque el nivel de intensidad inicial había sido altísimo.
Un concierto que no deja respirar
Por lo demás, Godsmack entiende perfectamente qué tipo de concierto quiere ofrecer.
Aquí no hay espacio para demasiados adornos.
Hay riffs. Hay batería. Hay volumen. Hay actitud.
Y, sobre todo, hay ritmo.
El espectáculo avanza de forma muy dinámica y consigue algo fundamental en un concierto de estas características: mantener al público dentro del show. Incluso alguien que conozca solamente los grandes clásicos puede dejarse arrastrar fácilmente por la energía que desprende la banda.
Godsmack no buscan demostrar que pueden reinventar el rock en 2026. Tampoco lo necesitan. Lo que hacen es llevar hasta sus últimas consecuencias una fórmula que dominan desde hace décadas: riffs contundentes, estribillos enormes, percusión musculosa y canciones construidas para ser mucho más grandes cuando se interpretan en directo.
Y en Barcelona esa fórmula funciona.
Funciona muchísimo.
Nothing More: una ausencia muy difícil de justificar
La gran decepción de la noche no viene de Godsmack.
Viene de Nothing More.
Su ausencia resulta especialmente frustrante porque formaban parte del atractivo del cartel anunciado originalmente. Para muchos asistentes no se trataba simplemente de “un telonero”: Nothing More es una banda con entidad suficiente como para ser una razón adicional para comprar la entrada.
Pero en Barcelona no estuvieron.
Y aquí resulta imposible no hablar del precio.
Si compras una entrada esperando un cartel determinado y finalmente desaparece una de las bandas importantes de la noche, pero el precio permanece exactamente igual, la sensación como espectador es bastante amarga.
Puede haber razones logísticas, personales o técnicas detrás de cualquier cancelación. Eso es comprensible. Lo que resulta mucho más difícil de aceptar desde el punto de vista del público es pagar por un espectáculo anunciado con dos nombres importantes y recibir finalmente solo uno sin ningún tipo de compensación económica.
Y hablando estrictamente como espectador, se siente casi como un robo.
Es una decepción enorme y empaña innecesariamente una noche que, musicalmente, tenía argumentos de sobra para ser recordada únicamente por lo ocurrido encima del escenario.
Godsmack salvan la noche a base de potencia
Porque una cosa debe quedar muy clara: la ausencia de Nothing More no puede cargarse sobre los hombros de Godsmack.
Ellos cumplen.
Y cumplen de sobra.
Lo que sucede encima del escenario de Razzmatazz es un concierto extremadamente físico, compacto y sorprendentemente intenso. Especialmente su primera parte, donde la banda parece salir decidida a demostrar desde el primer minuto por qué sigue teniendo semejante reputación como grupo de directo.
Puede haber algún descenso puntual de potencia cuando cambia la configuración de guitarras. Puede haber pequeños momentos menos impactantes después de un comienzo casi imposible de mantener durante todo el espectáculo.
Pero son detalles dentro de una actuación que, en conjunto, rompe.
Godsmack siguen sonando grandes, pesados y peligrosos.
Y quizá la mayor sorpresa de la noche sea precisamente comprobar hasta qué punto estas canciones continúan funcionando cuando desaparecen los grandes escenarios, las pantallas gigantes y la distancia de los festivales.
En Razzmatazz quedan cuatro músicos, amplificadores, batería, sudor y una sala llena delante.
Y es suficiente.
Más que suficiente.
Godsmack: 9/10.
Un concierto de energía y potencia, con un inicio sencillamente devastador y una banda capaz de meterse al público en el bolsillo prácticamente desde el primer riff.
La organización del cartel, en cambio, merece otra valoración muy distinta.
Porque salir de Razzmatazz pensando que Godsmack han dado uno de esos conciertos que justifican seguir creyendo en el rock en directo y, al mismo tiempo, sentirse estafado por no haber visto a una de las bandas anunciadas es una contradicción bastante extraña.
Pero si hablamos únicamente de Godsmack, no hay demasiadas dudas:
Barcelona recibió un golpe directo. Y Godsmack ganaron por KO.





